Cuando la pólvora nos alcanza: pirotecnia, fe y la cultura de la prevención
Fany Almazán
Luciérnaga Noticias
COLUMNA · REFLEXIÓN
" Trece mvɛrt0s en Santa María Canchesdá vuelven a poner sobre la mesa una pregunta que no queremos hacernos hasta que ya es tarde: ¿cuánto más estamos dispuestos a pagar por no discernir cómo celebramos?
Por Isahaí Abraham Vázquez Molina ·
Escribo esto todavía con la noticia fresca. La noche del sábado 5 de septiembre, en la víspera de la fiesta patronal de Nuestra Señora de la Luz, una bodega de cohetes contigua al templo de Santa María Canchesdá, en Temascalcingo, Estado de México, explotó y desplomó parte del techo sobre quienes celebraban ahí. Al corte más reciente de Protección Civil estatal, la cifra es de 13 personas fallecidas y 43 heridas, entre ellas dos sacerdotes de la parroquia. Números que, como suele pasar en estos casos, seguirán moviéndose los próximos días.
No escribo esta columna para narrar el hecho —para eso está la nota informativa—, sino para detenerme, junto con quien la lea, en una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos viviendo esto?
Una tragedia que ya conocemos de memoria
Lo de Canchesdá duele más porque no es nuevo. Es, otra vez, la misma historia con otro nombre de pueblo. México carga una tradición cohetera de siglos, entrañable y profundamente ligada a la fe popular, pero también una lista de tragedias que ya deberíamos habernos aprendido de memoria:
• Tultepec, Estado de México (diciembre de 2016). Una cadena de explosiones arrasó el mercado de San Pablito, considerado entonces uno de los más grandes de pirotecnia artesanal en América Latina. El número final de víctimas mortales, según distintas fuentes oficiales, osciló entre 36 y 42, con más de 70 personas heridas.
• Tultepec, Estado de México (2018). Una nueva explosión, esta vez durante la Feria Internacional de la Pirotecnia, dejó más de 20 muertos, en el mismo municipio que dos años antes había reconstruido su mercado tras el desastre de 2016.
• Cocula y otras fiestas patronales. En distintos estados del país se han registrado explosiones durante celebraciones religiosas por chispas que alcanzan pirotecnia almacenada cerca de los templos, con saldos de muertos y decenas de heridos en cada caso.
• Santa María Canchesdá, Temascalcingo (2026). El caso más reciente, con el agravante de que la bodega de cohetes se ubicaba junto al templo, en pleno desarrollo de la celebración.
En prácticamente todos estos episodios se repite el mismo guion: pólvora almacenada cerca de donde se concentra la gente, permisos ausentes o insuficientes, y una autoridad que no sabe cómo regular una actividad de la que viven comunidades enteras sin, de paso, condenarlas. Y en medio, siempre, la misma frase que se repite después de cada entierro: "así se ha hecho siempre".
Lo que la mirada ignaciana me ayuda a nombrar
Como comunicólogo que ha acompañado procesos de comunicación de riesgo, sé que los datos y los protocolos no bastan si no hay una manera de mirar que los sostenga. Por eso, frente a Canchesdá, no puedo pensar esto solo en clave técnica: la espiritualidad ignaciana, que ha formado mi manera de leer estos hechos, me ofrece tres claves que quiero compartir aquí.
La primera es la cura personalis: el cuidado de la persona concreta, no de "la multitud" como una masa abstracta. Cuando leo que hay 43 heridos, me obligo a recordar que ahí hay un niño en brazos de su madre, un señor mayor que fue a rezarle a la Virgen de la Luz, un sacerdote que presidía la fiesta. Pensar en cada uno, y no en la cifra, es lo que debería sostener cada decisión sobre dónde se guarda la pólvora.
La segunda es el examen, esa costumbre ignaciana de revisar honestamente lo que hicimos antes de que la realidad nos obligue a hacerlo por la fuerza. Me pregunto cuántos comités de festejos, en cuántos pueblos, podrían hoy mismo hacerse tres preguntas simples: ¿dónde estamos guardando la pólvora?, ¿qué tan cerca está de la gente?, ¿quién sabe realmente manejarla? Ese examen no necesita esperar a la próxima explosión.
Y la tercera es el magis: buscar el mayor bien, no simplemente repetir la costumbre porque siempre se ha hecho así. Una fiesta patronal más sobria, pero segura, no es una fe menor; es, me parece, una fe más adulta. Prevenir no es lo contrario de celebrar —ahí está la figura ignaciana del "contemplativo en la acción"—: es lo que permite que la fiesta siga siendo fiesta el año que entra, y no otro responso.
Lo que propongo, concretamente
No basta con lamentar. Desde Red Michoacán y las parroquias que la integran, creo que podemos empujar, junto con Protección Civil y las diócesis, pasos muy concretos:
• Capacitaciones básicas de manejo seguro de pirotecnia para comités de festejos y mayordomías, antes de la temporada de fiestas.
• Que ninguna bodega de cohetes vuelva a instalarse junto a un templo o a un salón donde se concentre gente.
• Acompañar pastoralmente a las comunidades que decidan cambiar su forma de celebrar, para que no lo vivan como una traición a su tradición, sino como un acto de cuidado.
• Hablar del tema en homilías y catequesis antes de la próxima fiesta patronal, no después del próximo entierro.
Termino donde empecé: con la noticia todavía fresca y con la incomodidad de saber que, si no cambiamos algo, volveré a escribir una columna como esta. Ojalá que Santa María Canchesdá sea la última vez que tengamos que aprender esto por las malas.
Nota: las cifras de víctimas corresponden a los reportes de Protección Civil del Estado de México disponibles al 6 de septiembre de 2026 y podrían actualizarse conforme avance la investigación.
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres.