Fray Juan Bautista Moya: cuando el mal manejo también cierra escuelas
Fany Almazán
Luciérnaga Noticias
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Hay noticias que se leen y hay noticias que se sienten en el estómago. La del cierre del Colegio Fray Juan Bautista Moya, en Huetamo, Michoacán, es de las segundas.
Sesenta y dos años de historia educativa se apagan con la salida de las hermanas Siervas de la Inmaculada Concepción, y con ellos se va también un pedazo de la memoria colectiva de varias generaciones de huetamenses.
Confieso que esta columna me cuesta más que otras. No la escribo como comunicólogo que analiza un fenómeno desde fuera, sino como uno más de los cientos que cruzamos esos pasillos y patios. Ahí aprendí a leer, a escribir, a dibujar; ahí salí en bailables y hasta me tocó desfilar en el banderín representando al colegio. Ahí hice mi primera comunión y mi confirmación. Ahí, en el recreo, mi amá me mandaba un pedazo de torta de aporreado que yo compartía sin pensarlo dos veces, porque eso también nos lo enseñaban las madres: a ser solidarios, a ser compañeros.
Recuerdo a la Madre Lucha y sus horóscopos en la radio, que escuchábamos a escondidas con esa mezcla de curiosidad y travesura propia de la niñez, y también recuerdo su famosa varita mágica, que sacaba sin falta para ajusticiar los desórdenes que nosotros mismos provocábamos. Recuerdo a la Madre Minerva, a la Madre Teresita de Jesús, a la Madre Julia, a la Madre Tarcila: mujeres que nos formaron con una disciplina que hoy, con los años, se entiende como un acto de cuidado. Recuerdo a José Ángel Suazo, Marciano Chávez, Francisco de la Torre, Julián Mancilla, Ambrosio Ochoa, Rosy Moreno, Lupita Solís, Judith Martínez, Adriana Sánchez, Noel Blas, Alexis de la Paz, y a tantos otros con quienes compartí primeros amores, primeros desamores, y esa complicidad que solo se construye en la infancia.
Pero más allá de la nostalgia, el cierre de este colegio nos obliga a mirar un problema que no es exclusivo de Huetamo: el de las escuelas confesionales y comunitarias que durante décadas suplieron —con vocación y a veces con carencias— la tarea que le correspondía al Estado. Instituciones como el Fray Juan Bautista Moya no solo enseñaron aritmética o gramática; formaron carácter, sembraron valores, construyeron comunidad. Su cierre no es solo la baja de una matrícula o el fin de un contrato de comodato; es la pérdida de un espacio donde generación tras generación aprendió a ser solidaria antes que competitiva, a ser compañera antes que individualista.
Y aquí conviene detenerse, porque la historia de los imperios y de las instituciones se repite con una insistencia que debería incomodarnos: no suelen caer por un enemigo externo, sino por un mal manejo administrativo interno que se acumula silenciosamente hasta volverse irreversible. Roma no cayó en un día, se fue erosionando desde adentro; y las instituciones educativas, religiosas o comunitarias no son la excepción a esa regla. Un colegio con 62 años de historia no se apaga de la noche a la mañana; se apaga cuando la administración, las finanzas y la planeación de largo plazo dejan de estar a la altura de la vocación que les dio origen. La pregunta incómoda que nos deja el Fray Juan Bautista Moya no es solo “¿qué perdimos?”, sino “¿qué pudo haberse gestionado distinto para que no lo perdiéramos?”.
Desde el pensamiento ignaciano, esta reflexión adquiere otro peso. San Ignacio de Loyola insistía en el discernimiento: distinguir con cuidado, y a tiempo, entre lo que da vida y lo que la va apagando, entre el espíritu que anima una obra y la estructura que debe sostenerla sin traicionarla. La cura personalis —el cuidado de la persona en su totalidad— que las madres practicaron con nosotros en las aulas exige, como contraparte, una cura institutionis: un cuidado igual de riguroso de las estructuras que hacen posible esa formación. No basta con la entrega vocacional si la administración no discierne a tiempo, no planea, no rinde cuentas, no se adapta. El magis ignaciano, ese “más” que empuja siempre a hacerlo mejor, también debería aplicarse a la gestión, no solo a la pedagogía. Cuando ese discernimiento administrativo falta, la obra más noble se queda sin piso.
Vivimos un tiempo en que la educación se mide casi exclusivamente en indicadores: cobertura, deserción, resultados estandarizados. Pero hay una dimensión formativa —la de los valores, la del sentido de pertenencia, la de la memoria compartida— que ningún indicador captura y que instituciones como esta cultivaron durante 62 años sin que nadie se los reconociera del todo, hasta que ya no están. Y sin embargo, ni siquiera esa dimensión formativa exime a nadie de la responsabilidad de administrar bien lo que se recibió: los grandes imperios y las grandes instituciones no cayeron por falta de valores, sino por falta de gestión a la altura de esos valores.
Ojalá el cierre del colegio no sea solo una nota más en la crónica del deterioro institucional de nuestras comunidades, sino una oportunidad para preguntarnos, como sociedad, qué estamos dispuestos a hacer —y a administrar mejor— para que espacios así no desaparezcan. Porque lo que se pierde no es solo un edificio con aulas: es un lugar donde, como me pasó a mí, se aprende a leer el mundo y, sobre todo, a leerse a uno mismo en comunidad con los demás.
A las madres que nos formaron, gracias. A los amigos que hicimos ahí, los que se quedaron y los que ya no están, gracias. El Fray Juan Bautista Moya cierra sus puertas, pero lo que sembró en quienes pasamos por ahí sigue de pie.
Isahaí Abraham Vázquez Molina. Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastre.